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Lendo o texto da Fátima Inácio Gomes no Público, sobre os exames nacionais, veio-me à ideia algo escrito há mais de um século por Emília Boivin no Boletín da Escuela Moderna, fundada por Francisco Ferrer Guardia:

»Comienza la cosa desde que cumplimos cinco o seis años, cuando se nos enseña a leer: ya en tan tierna edad, se nos obliga a preocuparnos, no tanto de las “historias” que ese nuevo ejercicio nos permite conocer ni del dibujo más o menos interesante de las letras, como del premio de la lectura que hemos de disputar; y lo peor es que se nos hace enrojecer de vergüenza si quedamos rezagados, o se nos infla de vanidad si hemos vencido a los otros si nos hemos atraído la envidia y la enemistad de nuestros compañeros.

[…]

» A cada paso encontramos en la vida premios, concursos, exámenes y oposiciones: hay algo más triste, más feo ni más falso?

»Hay algo más anormal que el trabajo de preparacion de los programas: el exceso de trabajo moral y físico que tiene por efecto deformar las inteligencias, desarrollando hasta el exceso ciertas facultades en detrimento de otras que quedan atrofiadas. El menor reproche que se les pueda dirigir consiste en que son una perdida de tiempo, y frecuentemente llega hasta romper las vidas, hasta prohibir toda otra preocupación personal, familiar o social. Los candidatos serios no deben aceptar las distracciones artísticas, ni pensar en el amor, ni interesarse en la cosa pública, so pena de un fracaso.

»Y qué diremos de las pruebas mismas de los concursos, que no sea universalmente conocido? No hablaré de las injusticias intencionales, aunque de ellas pueden citarse ejemplos, basta que la injusticia see,esencial a la base del sistema. Una nota o una clasificacion dada en condiciones determinadas, sería diferente si ciertas condiciones cambiasen; por ejemplo, si el jurado fuese otro, si el ánimo de tal juez, por cualquier circunstancia, hubiese variado. En este asunto la casualidad reina como señora absoluta, y la casualidad es ciega.

»Suponiendo que se reconociese a ciertos hombres, en razón de su edad y de sus trabajos, e1 derecho muy contestable de juzgar el valor de otros hombres, de medirle y sobre todo de comparar entre sí los valores individuales, necesitarían aún estos jueces establecer su veredicto sobre bases sólidas. En lugar de esto, se reducen al mínimum los elementos de apreciación: un trabajo de algunas horas, una conversación de algunos minutos, y con esto basta para declarar si un hombre es más capaz que otro de desempenar tal función, de dedicarse a tal estudio, o a tal trabajo.

»Reposando sobre la casualidad y la arbitrariedad, los concursos y los dictámenes que de ellos resultan, gozan de un prestigio y de una autoridad universales, que se imponen no sólo a los individuos sino también a sus esfuerzos y a sus trabajos. La misma ciencia se halla diplomada: hay una ciencia escogida alrededor de la cual no hay sino medianía; únicamente la ciencia marcada y garantida asegura al hombre que la pose e el derecho a vivir.

Francisco Ferrer Guardia, La Escuela Moderna, 2ª edición en Fabula: Mayo 2009, pp. 132-134

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